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REPORTAJES

Hakeem Olajuwon, la leyenda del pívot que dominó el mundo

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Juanma Rubio

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Las Finales de la NBA de 1994 fueron feas. Fueron, si se quiere y si se me acepta el oxímoron, una oda a la belleza de la fealdad. Pero es que era, claro, la NBA de los noventa. ¿Te acuerdas? Series de playoffs siderúrgicas, anotaciones bajas, batallas de atrición. Antes de que los cambios de reglamento se lo pusieran en chino a las defensas. Precisamente, de hecho, la razón de que los cambios de reglamento se lo hayan puesto después en chino a las defensas: cuando los golpes resonaban a través de la televisión y los anotadores se enfrentaban a lo que parecían líneas defensivas de la NFL. Músculo, contacto, agresión. Alambradas y trincheras. La banda sonora de skylines grises, aquel hermetismo cultural que todavía no había roto en la paleta multicolor de la crisis postindustrial.

Era la NBA que David Stern, en cuanto se quedó sin la lámpara mágica que frotaba Michael Jordan, tuvo que replantearse cómo vender al gran público, la que acabó mirándose en el espejo de su propia contradicción: el jugador afroamericano de la inner city, el aficionado/consumidor blanco de los barrios residenciales. En aquella NBA cada palmo de terreno que se ganaba requería una conquista, era una cuestión de imposición. Un duro despertar tras el sueño de los dorados años 80, la cruda realidad que siguió al sonido del despertador que habían puesto los Bad Boys de Detroit Pistons. Creo que ya no estamos en Kansas, Totó.

Era una NBA dura pero inolvidable. Una a la que levantaron un monumento (estatua a un baloncesto hoy caído) Houston Rockets y New York Knicks en aquellas Finales de 1994 que fueron una guerra de siete batallas en las que la mayor anotación fue 93 puntos y la mayor diferencia, un +9 para los Knicks en el manicomio del Madison Square Garden. Como Michael Jordan acababa de irse a jugar al beisbol tras su primer threepeat y en aquella primera y (todavía hoy) muy oscura retirada, las audiencias se desplomaron un 30% con respecto al luminoso Suns-Bulls de un año antes. Entre 1979 y aquel 1993, solo había habido unas Finales (1990) sin al menos uno del trío que convirtieron la casa de la NBA (destartalada a finales de los setenta) en la mansión que devino en imperio: Magic Johnson, Larry Bird, Michael Jordan. En 1994, mientras Knicks y Rockets repartían palos a mansalva, el aroma a megaestrella parecía lejísimos, ajeno; el rastro de una depresión (17,2 de rating medio en la televisión) que corrigió el regreso exprés de Jordan, el segundo threepeat. The Last Dance y todo lo demás.

Olajuwon contra Ewing


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The Summit, el pabellón de los Rockets. Primer partido de las Finales de 1994: Hakeem Olajuwon contra Patrick Ewing.

Nueva York se partía en dos: los Rangers acariciaban la Stanley Cup y los Knicks buscaban su primer anillo desde 1973. Y para el gran público esas fueron las Finales en las que la NBC, en pleno quinto partido, con la serie 2-2 y el marcador 59-53 avanzado el tercer cuarto, cortó la emisión para mostrar cómo OJ Simpson avanzaba por la interestatal 405 en un Ford Bronco blanco con toda la policía de Los Ángeles detrás. Apenas se volvió a conectar con el partido en lo que los periodistas implicados definieron después como la prehistoria de los reality shows. Stern se desgañitaba al teléfono para arrancar segundos de presencia televisiva, pero era una causa perdida. Sólo quienes estaban en el Madison vieron como los Knicks se ponían con un 3-2 que olía a anillo. El resto de América seguía las evoluciones de un Ford Bronco blanco. Era 17 de junio. Cinco días antes, la exmujer de OJ Simpson había aparecido muerta junto a su amigo Ronald Goldman.

Aquel partido, el del Ford Bronco blanco a toda mecha por la I-405, puso a los Knicks 2-3, a un triunfo del título camino del cubil de Houston Rockets, el estruendoso e inolvidable The Summit. En la expedición de los Rockets, que hacía noche en Nueva York antes de volver a Texas, era difícil conciliar el sueño. El alero Mario Elie, que un año después mandaría el icónico beso de la muerte al público de los Suns tras sentenciar el séptimo partido de la semifinal del Oeste con un triple a falta de siete segundos, deambulaba por el hotel incapaz de pegar ojo. Se asomaba al precipicio que se había abierto en tres días, justo después ganar en territorio comanche el tercer partido: de 2-1 a 2-3. Los malos augurios se le echaban encima… hasta que se cruzó por los pasillos con la figura gigantesca de Hakeem Olajuwon, que le dijo con una sonrisa: “Tranquilo Mario, volvemos a casa”. En ese momento supo que serían campeones, una percepción que mantenía el base Kenny Smith desde que Olajuwon recibió el MVP de la Regular Season y se negó a levantar el trofeo si no le acompañaban todos sus compañeros de equipo. De ahí surgió el espíritu que tumbó a unos Knicks para los que cada entrenamiento por entonces era “como un partido de rugby”, el equipo que tenía uno de los frontcourts más duros (en toda la extensión del término) de la historia: Patrick Ewing, Charles Oakley, Charles Smith, Anthony Mason…

Los Rockets voltearon la final en su pista hacia un 4-3 tremendo en una final tremenda en la que no hubo ni un solo partido roto antes de los últimos minutos y en la que la diferencia media fue de poco más de 7 puntos. Los Knicks de hecho promediaron 86,9 puntos por los 86,1 del campeón, unos Rockets que se salvaron en el sexto partido gracias a una jugada que ya es leyenda sagrada de los playoffs: Hakeem Olajuwon, “tranquilo Mario, volvemos a casa”, llegó a la línea de tres para puntear el tiro definitivo de John Starks y dejar el marcador en el 86-84 final. Starks había acercado al título a los Knicks con 16 de sus 27 puntos en un último cuarto sublime al que sólo faltó aquel tiro ganador, que se fue al limbo y que crujió el ánimo del eléctrico base hasta abocarle a un séptimo partido de pesadilla: 2/18 en tiros, 0/11 en triples.

En gran medida, aquella Final de golpes, resoluciones angustiosas y audiencias miserables, definió legados en la colisión entre dos pívots históricos, los números 1 de draft de 1984 (Olajuwon) y 1985 (Patrick Ewing). Una rivalidad prologada por la final universitaria del 84, en la que Ewing y los Hoyas de Georgetown ganaron a Olajuwon y los Cougars de Houston. Un duelo con aroma a sueño americano (Olajuwon nigeriano y Ewing, jamaicano) cuya revancha se rumió durante una década. Ewing, campeón y Mejor Jugador de la Final Four en 1984, perdió claramente el duelo con Olajuwon diez años después y en su gran oportunidad de ganar el anillo que se le negó como profesional. Batió el récord de tapones (no se medían en tiempos de Bill Russell y Wilt Chamberlain) en una serie completa (30) y en un partido (8) de unas Finales. Pero se quedó en 18,9 puntos con un 36% en tiros. Olajuwon, imperial y el único jugador de los dos equipos que rebasó la barrera de los 30 puntos, acabó en 26,9 puntos, 9,1 rebotes, 3,6 asistencias, 3,9 tapones y un 50% en tiros. Y anotó, el último clavo en el ataúd de los Knicks, más que Ewing en los siete partidos. En el último, el que pudo evitar Starks tres días antes, sumó 25 puntos, 10 rebotes, 7 asistencias y 3 tapones. Ewing, 17+10… con 5 pérdidas de balón.

Olajuwon y Ewing, en acción.


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Hakeem Olajuwon y Patrick Ewing, duelos en las zonas desde la NCAA hasta las pistas de la NBA.

Esa historia, que comenzó en 1984 y escribió su capítulo central en 1994, se cerró en 2008, cuando ambos entraron juntos en el Hall of Fame. En su discurso, Olajuwon abrochó maravillosamente el respeto que exige semejante rivalidad cuando aseguro que miraba a Ewing y se seguía preguntando cómo demonios conseguía anotar por encima de semejante montaña humana. La respuesta a esa pregunta habría sido obvia para Makhtar N’Diaye, el primer senegalés que llegó a la NBA (Vancouver Grizzlies, 1999). Un ala-pívot que luego hizo carrera en equipos templados y menores de Europa y que jugó en una North Carolina brillante; aquella que, mientras Olajuwon ganaba sus anillos y Michael Jordan se iba y volvía a la NBA, juntó a Vince Carter, Antwan Jamison, Jeff McInnis… Con Jordan de visita en su alma mater, el equipo con el que fue campeón universitario en 1982 (todavía poco más que un escudero de James Worthy), todos los aspirantes a estrella se afanaban por controlar la emoción menos N’Diaye, que le preguntó al visitante quién era, se excusó porque “en la televisión de Senegal no ponen baloncesto” y lo terminó de estropear diciendo que Hakeem Olajuwon eral el mejor jugador del mundo. Dicen que Jordan le pidió a Dean Smith, que también había sido su entrenador, que preparada un partidillo: él jugaría con los últimos de la rotación contra los titulares de los Tar Heels. Y dicen que, claro, la cosa acabó en paliza que incluyó, ese era el objetivo, unos cuantos mates de Jordan en la cara de N’Diaye. Por hablar.

Jordan-Olajuwon, la rivalidad que nunca se consumó

El caso es que anécdotas así flirtean con una rivalidad que nunca llegó a ser tal, que nos pasó de perfil durante toda una era gloriosa de baloncesto NBA. Durante ocho años, Michael Jordan y Hakeem Olajuwon se repartieron, mucho para el primero y lo suficiente para el segundo, anillos y MVPs de Finales: dos threepeats de Jordan (1991-93 y 1996-98) y durante la ausencia y media de este (no estuvo en la temporada 1993-94 y regresó demasiado tarde en el 1994-95), dos títulos para Hakeem. Nunca se enfrentaron en unas Finales, un duelo que en 1997, por ejemplo, evitó un triple de John Stockton. Y, con Bulls y Rockets en Conferencias opuestas, tampoco se cruzaron en playoffs.

Olajuwon machaca ante Kemp.


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Hakeem Olajuwon hace un mate ante Shawn Kemp en un Sonics-Rockets de las semifinales del Oeste de 1997.

Hakeem detesta que se le diga que ganó porque Jordan decidió ausentarse. Y a su alrededor creció la leyenda de que sus Rockets eran la kryptonita a la que nunca se enfrentó el divino 23, básicamente porque los Bulls no tenían un pívot con el peso específico suficiente para hacer frente a Olajuwon. Si ese mismatch hubiera sido suficiente es baloncesto ficción. Y no cuesta imaginar, en realidad, que Jordan habría encontrado armas en su infinito arsenal, un nuevo nivel de juego si hubiera sido necesario… y si tal cosa era posible (con él, lo era). Más cuanto más grande era el reto. La única certeza, sirva para lo que sirva, es que Olajuwon tuvo balance ganador en sus duelos directos: 13-10 en 23 partidos en los que promedió 21,9 puntos, 11,2 rebotes, 2,3 asistencias y 3,3 tapones. Y Jordan 30,8 puntos, 5,6 rebotes, 5,4 asistencias y 3 robos. Los últimos dos enfrentamientos, por cierto, llegaron en la temporada 2001-02 y con la obvia sensación de que algo no cuadraba en absoluto: Jordan llevaba el uniforme de Washington Wizards y Olajuwon el de Toronto Raptors. Finalmente, acabaron compartiendo Conferencia. Pero cualquier parecido con la realidad, con aquella percusión con la que había soñado sin suerte la NBA, se había convertido en coincidencia.

Ni siquiera el draft de 1984, uno de los mejores de siempre, dejó heridas entre ellos. Ni entre quienes reparten filias y fobias. Olajuwon fue el número 1. Estaba tan cantado y fue tan extraordinariamente bueno que nadie ha criticado a los Rockets después, ni en los ejercicios de puro revisionismo, por no haber seleccionado a Jordan, que cayó al número 3. Los Trail Blazers sí se han llevado pescozones constantes durante los últimos treinta y siete años por haberle dado el pick 2 a Sam Bowie. Un error de cálculo nefasto.

Y el caso es que es curioso, con la perspectiva del tiempo, recordar con qué arbitrariedad cayeron los dados sobre el tapete. Siempre suele ser así. Olajuwon tenía ganas de jugar un año más en los Cougars pero sabía que en 1985 llegaría el sistema de lotería, que nació con polémica porque se acusó a la NBA de trucarlo para que Patrick Ewing jugara en los híper mediáticos Knicks. Todavía en años de moneda al aire entre los peores de cada Conferencia, Olajuwon vio una oportunidad inmejorable de quedarse en Houston y jugar en los Rockets, que acababan de ser el peor equipo del Oeste (29-53). Y así fue.

Los Rockets no contemplaban otra cosa que no fuera hacerse con un jugador que era además un ídolo universitario en su ciudad. Miel sobre hojuelas. Eso si efectivamente se hacían con el número 1. Para el 2, de haber perdido el sorteo, su opción era Jordan. Los Blazers, que tenían el derecho a estar en la moneda al aire porque tenían el pick de Indiana Pacers (26-56 en el Este) tenían un ranking en el que la posición primaba sobre el talento. Querían un pívot, así que su prioridad era Hakeem y su segundo plato, Bowie. Bobby Knight, el sargento de hierro universitario que se había enamorado de Jordan tras entrenarlo en los Juegos Olímpicos de 1984, no se podía creer que los Blazers no lo prefirieran a Bowie. Cuando Stu Inman, el general manager de los de Oregón, le dijo que pasara lo que pasara iban a draftear un cinco, Knight le dio una respuesta que ya es historia: «Pues elige a Jordan y ponlo a jugar de pívot«.

Tanto ansiaban un interior los Blazers, que tenían en el puesto de Jordan a Clyde Drexler, que estuvieron a punto de facilitar la formación del big three más resonante de la historia cuando ofrecieron a los Rockets a Drexler, que acababa de completar su año rookie, y el pick número 2 a cambio del gigante Ralph Sampson, el 2,24 que acababa de ser Novato del Año tras acabar en los Rockets con el número 1 de un draft de 1983 en el que Drexler salió elegido en el puesto 14. En Houston rechazaron la propuesta porque se frotaban las manos con las torres gemelas que ya anticipaban: Sampson-Olajuwon. De haber acabado con Drexler y los picks 1 y 2 podrían haber elegido a Olajuwon y Jordan. No podemos saber, más baloncesto ficción, qué habría sucedido. Pero sí que, sencillamente, la historia de la NBA sería totalmente distinta.

Olajuwon y Clyde Drexler


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Olajuwon y Drexler, juntos en los Rockets en 1987. Tras maravillar en la Universidad de Houston, ganaron el anillo de 1995.

Del amago de divorcio al ascenso a la gloria

Con 39 años, y después de 17 en unos Rockets que habían entrado en reconstrucción ( y que pasaron a tener como líderes a Cuttino Mobley y Steve Francis), Hakeem fue traspasado el 2 agosto de 2001 a Toronto Raptors. La escenificación del fin de una era. Su salida solo dejó una primera ronda y una segunda de 2002, invertidas en Bostjan Nachbar y Tito Maddox. La nada. Acababa de rechazar un contrato de 13 millones de dólares por un año (había ganado casi 100 hasta entonces, 16,7 el curso anterior) y los Raptors le dieron un 3×18 del que solo cumplió un año. En Canadá sus medias se hundieron a 7,1 puntos y 6 rebotes en apenas 22 minutos en pista. Acosado por problemas cada vez más serios de espalda, Hakeem se retiró en 2002 después de ese último año fantasma. Antes, la historia se escribe recta pero con renglones torcidos, vivió un casi divorcio del equipo de su vida que no fue muy distinto al de muchas súper estrellas en tiempos en los que el mercado de agentes libres no existía o no tenía la flexibilidad actual. Ni legal ni social: ahora estamos en la era del jugador empoderado, mucho más firmemente protegido y valorado en su rol dentro de la gigantesca escala que establece una competición deportiva profesional.

Vince Carter y Olajuwon


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Una imagen extraña: Hakeem Olajuwon, junto a Vince Carter en el posado oficial de los Raptors previo a la temporada 2001-02.

Del mismo modo que Michael Jordan estuvo a minutos de irse a jugar a los Knicks en 1996, Hakeem pudo salir de Houston Rockets en 1992, en el mismo verano en el que Patrick Ewing, su rival en la Final de 1994, pudo irse a los Warriors si los Knicks no hubieran descubierto y abortado la extraña estratagema de la franquicia de la Bahía. Olajuwon, descontento con su contrato (3,1 millones en la 1991-92) por cantidades y rigidez, y molesto por lo que percibía como poca ambición deportiva en los despachos, pidió el traspaso. Su agente habló de una situación “irreconciliable”, el pívot insultó públicamente tanto a directivos como al propietario de la franquicia, Charlie Thomas, y el Houston Chronicle aseguró que el traspaso era, aquel verano, una certeza. Menos de dos años después, los Rockets eran campeones y el Olajuwon de la temporada 1993-94 fue el primer jugador de la historia con el triplete, en una misma campaña, MVP-MVP de las Finales-Defensor del Año.

Los Rockets no habían jugado los playoffs 1992, antes de su gran crisis. Solo habían ganado 42 partidos y Hakeem había sufrido una arritmia que le había apartado de las pistas durante algunas semanas. Con él como jugador franquicia, las cosas no iban demasiado bien. No si las aspiraciones eran las máximas, desde luego. Después de jugar las Finales de 1986 con las torres gemelas Sampson-Olajuwon, los Rockets habían estado cinco veces playoffs pero solo habían ganado una serie (1-5) con cuatro eliminaciones en primera ronda. Sampson, ya con los problemas de rodillas que destrozaron su carrera, se había ido a los Warriors en diciembre de 1987. El mejor momento, a partir de ahí, había llegado en una temporada 1990-91 en la que Don Chaney fue Entrenador del Año y el equipo ganó 52 partidos pero fue barrido en la primera ronda del Oeste por los Lakers (3-0). A Hakeem, un codazo de Bill Cartwright le había provocado una lesión en un ojo que le dejó en 56 partidos, por debajo del mínimo necesario para (promedió 13,8, habría ganado sin problemas) sumar su tercer título seguido de Máximo Reboteador de la NBA. Un año antes, 1989-90 y antes de otra eliminación a la primera contra los Lakers, había liderado la Liga en rebotes (14) y tapones (4,5), un doblete que solo habían logrado antes Bill Walton y Kareem Abdul-Jabbar. La NBA empezó a dar oficialidad a la estadística de tapones en 1973.

Aquel primer Olajuwon, que pasó de complementar a Sampson a ser el eje del equipo, era un perfil nuevo de pívot. Pese a sus 2,13, no parecía tan largo ni tan grande como los más dominantes en su posición. Al contrario, era una especie de alero enorme, con una coordinación y una elasticidad fantásticas. Antes de la gran globalización de la NBA, había algo inevitablemente exótico en el primer no estadounidense que fue all star (1985), condición que mantuvo en 12 de los 13 primeros años de su legendaria carrera. Con una elegancia felina, Olajuwon fue uno de los primeros pívots con manos rápidas para robar balones fuera de la zona y un motor que le permitía quedarse en los cambios defensivos con los generadores exteriores del rival. Atributos hoy valoradísimos en una NBA distinta, en la que también fue un adelantado a su tiempo en ataque porque desarrollo un excelente tiro desde la media distancia y una capacidad de pase que floreció con la instrumental llegada al banquillo de Rudy Tomjanovich (1992).

Olajuwon y Shaquille O'Neal


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Salto inicial en las Finales de la NBA de 1995: Hakeem Olajuwon, al aire contra Shaquille O’Neal

A partir de ese 1992, la crisis de despachos y la llegada del nuevo entrenador, emergió el Olajuwon definitivo. El fruto del trabajo meticuloso, una percepción del baloncesto como ciencia, y de una genética nigeriana pulida primero como portero de fútbol. No tocó un balón de baloncesto hasta los quince años, y siempre atribuyó a su primer amor deportivo su movilidad, sus reflejos y su excepcional juego de pies. De Nigeria, de la etnia yoruba y de una familia de clase obrera en la que era el tercero de ocho hermanos, sacó su ética de trabajo, sus principios inquebrantables… y la H de su nombre, que cuando llegó a Estados Unidos en 1981 se convirtió en Akeem pero que volvió a ser Hakeem (“doctor, hombre sabio”) en 1991. Porque su madre no paraba de preguntarle qué había pasado y porque quería mantenerse lo más fiel posible a su origen: musulmán practicante que fue Jugador del Mes cumpliendo el ramadán y que desde su retirada pasa media vida en su rancho de Texas, controlando sus negocios inmobiliarios, y la otra mitad en Jordania, el lugar en el que encontró el entorno que quería para sus hijos. Apartado casi completamente de los focos, sin acercarse a los banquillos o a las cámaras de televisión, se tiene más o menos por cierto que ese perfil bajísimo ha influido en que su carrera no sea tan reivindicada como debería por el gran público. Él lo resume de forma muy simple: “Mi religión es mi forma de vida”.

En los dos años de los anillos, la temporada y media sin Michael Jordan en la que ejerció de rey provisional de la NBA, Hakeem Olajuwon tuvo uno de los más productivos picos de rendimiento de una súper estrella en toda la historia de la NBA. En las temporadas 1993-94 (MVP) y 1994-95 promedió 24,6 puntos, 10,1 rebotes, 3,2 asistencias, 1,6 robos y 3,2 tapones. Antes, se había convertido en uno de los únicos cuatro jugadores (los otros son Nate Thurmond, Alvin Robertson y David Robinson) con un cuádruple-doble: 18 puntos, 16 rebotes, 10 asistencias y 11 tapones el 29 de marzo de 1990. Un año en el que, por ejemplo, también hizo un partido de 29 puntos, 18 rebotes, 11 tapones, 9 asistencias y 5 robos. Uno de 52 puntos y 18 rebotes, otro de 37 puntos, 25 rebotes y 5 tapones, otro de 34+20 y 8 robos… Sigue siendo (recuerdo que se empezaron a medir en 1973) el jugador con más tapones de la historia conocida (3.830) y el tercero en promedio (3,09) solo por detrás de Mark Eaton (3,5) y Manute Bol (3,34). También es el único jugador interior en el top 10 de robos (ahora noveno: 2.162) y es decimocuarto en rebotes (13.748).

Llegó a unos Rockets con 29 victorisas (29-53) y los convirtió en un año en un equipo de 48-34 y plaza de playoffs. Tiene dos anillos, un MVP, dos MVP de Finales, dos premios de Defensor del Año, 12 All Star, seis inclusiones en el Mejor Quinteto, tres en el Segundo y tres en el Tercero. Cinco en el Mejor Quinteto Defensivo y cuatro en el Segundo. Fue el único que le robó votos a Michael Jordan en la carrera por el Rookie del Año de 1985 y en su segunda temporada fue portada de Sports Illustrated y llegó a las Finales en lucha con dos de los mejores equipos de la historia: ganó a los Lakers y después ya no pudo con los Celtics de 1986. Pero fue en ese tramo 1993-95 cuando edificó la planta noble de su legado, puso su nombre junto al de los más grandes de siempre.Antes de las Finales contra Ewing y de su primer anillo, en 1994, había dejado una obra suprema de arte en el séptimo partido de semifinales del Oeste, una batalla tremenda contra los Suns que habían sido finalistas en 1993 (Charles Barkley, Kevin Johnson, Dan Majerle…). Los Rockets remontaron un 0-2, dos derrotas aparentemente letales en su pista, y cerraron con un partido majestuoso de Olajuwon: 37 puntos, 17 rebotes, 5 asistencias y 3 tapones.

Nunca subestimes el corazón de un campeón

Finalmente, en 1995 llegó el éxtasis, una de las grandes epopeyas de la historia del deporte estadounidense. El recorrido que resumió Tomjanovich después con aquel inolvidable “nunca subestimes el corazón de un campeón”, el equipo del destino que reunió (gracias a un traspaso en febrero) a Olajuwon y Clyde Drexler en Houston, la ciudad que habían puesto a sus pies con los Cougars, la fraternidad universitaria de los mates: Phi Slama Jama, los críos que jugaban por encima del aro. Los Rockets pasaron de 58 a 47 (47-35) victorias y, a pesar de la llegada de Drexler, cerraron el curso con un 17-18 en 35 partidos que los envió al tercer puesto de la Midwest, el sexto del Oeste. Nunca un sexto clasificado había sido campeón antes, nunca lo ha sido después. Para lograrlo, los Rockets derrotaron a unos Jazz de 60 victorias remontando, de un 2-1 a un 2-3, con el quinto partido en Salt Lake City; A unos Suns de 59 con un increíble 3-4 para el que tuvieron que ganar tres partidos seguidos (de 3-1 a 3-4), a domicilio el quinto y ese séptimo cerrado con el triple del beso de la muerte de Mario Elie. A unos Spurs de 62-20, el gran favorito al anillo que tenía a la pareja David Robinson-Dennis Rodman como teórico antídoto contra Olajuwon. Y, finalmente, a unos Orlando Magic que venían de un 57-25 liderados por un jovencísimo Shaquille O’Neal que ha reconocido muchas veces que nunca se llevó tunda como la que le dio Hakeem, el rival hacia el que más respeto mostró siempre.

Olajuwon y Ewing, en las Finales.


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Batalla en el Madison Square Garden: Olajuwon lanza y Ewing intenta taponarle. Se estaban jugando las Finales de 1994.

Contra los Jazz, Olajuwon promedió 35 puntos, 8,6 rebotes, 4 asistencias y 2,6 tapones. Contra los Suns, 29,6, 9, 3,7 y 2,3. Contra los Magic 32,8, 11,5, 5,5 y 2 (obvio MVP de la Final). Y contra los Spurs, en la lucha por el trono del Oeste y contra Robinson, Rodman y todo lo demás, sus medias fueron estas: 35,3 puntos, 12,5 rebotes, 5 asistencias y 4,2 tapones. Cuando le preguntaron a David Robinson cómo se resolvía el problema que suponía Hakeem, la respuesta del Almirante fue un simple “no se puede resolver”. En los dos últimos partidos, desde el 2-2, la diferencia de puntos fue 81-41 para Olajuwon, que cerró con 39 puntos, 17 rebotes y 5 tapones en el sexto. Fue la serie, además, en la que Olajuwon dejó, es historia de los playoffs, una de las muestras más hermosas de su Dream Shake, los movimientos al poste que lo convirtieron en un jugador único.

Entre las Finales de 1994 y las dos últimas series de 1995 contra Spurs y Magic, Olajuwon se enfrentó en 17 partidos a tres de los mejores pívots de siempre, Ewing, Robinson y Shaquille. El de los Spurs le empató a puntos en uno. En los otros 16 anotó siempre más que su rival directo. En todos. Así de lejos había llegado el chico que hasta los 15 años era portero de fútbol en Nigeria. Que para mejorar después de su primer año de College en Houston se pasó el verano entrenando con Moses Malone, el legendario pívot que jugaba por entonces (1982) en los Rockets. Malone era tan fuerte que Hakeem no podía moverlo en el poste y tuvo que exprimirse para aprender a ser más rápido, más flexible. El extraordinario Mo le enseñó que, finalmente, no había más secreto que desearlo más que el rival. El siguiente rebote, el siguiente tiro. Solo existía un cambio: “Do your work”. Trabaja. Cuando regresó a los Cougars, después de esas sesiones en el Fonde Recreation Center, sus entrenadores quedaron tan impresionados que compararon sus vuelos hacia el aro con un sueño. Y ese, The Dream, fue su apodo desde entonces. Desde la Universidad hasta el Dream Team II, el equipo campeón en Atlanta 96 con el que se desquitó tras no poder estar en Barcelona 92. Todavía no tenía la condición de jugador naturalizado y estaba pendiente de recibir un permiso especial de la FIBA para formar parte del Team USA tras haber jugado como junior con Nigeria.

No se puede hacer nada contra él. Lo intentamos todo. Dos defensas, tres, hasta cuatro. No se puede hacer nada

Pat Riley

El sueño: Hakeem es uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, desde luego. Y uno de los grandes pívots, un linaje venido a menos pero que durante décadas estableció la línea de sangre real en la NBA: se ganaba con el mejor pívot. Es difícil compararlo con Bill Russell y Wilt Chamberlain porque su baloncesto era otro, sus referencias y métricas distintas. Y parece imposible situarlo por delante de Kareem Abdul-Jabbar, hasta la llegada de LeBron James el único jugador con un caso objetivamente factible de disputarle el trono absoluto a Michael Jordan. A partir de ahí, es igual de complicado poner a cualquier otro por delante de él: Moses Malone, Bill Walton, David Robinson… ni siquiera a Shaquille O’Neal, seguramente el que llama a la puerta del debate con más fuerza. Pero, creo, es tan legítimo reconocer que el mejor Shaq, una fuerza de gobierno como pocas ha habido en la historia, era especialmente dominante como apreciar que Hakeem era más completo, mucho más determinante en defensa, con más armas y más años de plenitud. Son debates para el aficionado, al fin y al cabo. No cambian nada, no tocan un legado legendario ni la grandeza de un jugador único, imponente. El que pudo con todos los grandes pívots de su generación y dejó pendiente una gran guerra con Michael Jordan, el cebo para que discutamos hasta cansarnos que habría pasado si. Quizá sirvan como pista las palabras de Pat Riley, que entrenaba a los Knicks en aquellas Finales de 1994, las del Ford Bronco blanco: “No se puede hacer nada contra él. Lo intentamos todo. Dos defensas, tres, hasta cuatro. Jugadores desde todos los ángulos. No se puede hacer nada”. El sueño para los aficionado de los Rockets, la pesadilla para los rivales. The Dream: Hakeem Olajuwon.

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Felipe Reyes: «Me planteé dejarlo, pero decidí luchar por mis sueños»

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Ricardo González

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En junio colgó las botas Felipe Reyes, uno de los jugadores más trascendentes del baloncesto español en este siglo, un competidor nato que lo ganó todo con el Real Madrid y la Selección, incluso una Copa con el Estudiantes. Una carrera modélica que alargó hasta los 41 años por su constante espíritu de superación. Acumuló 23 temporadas en la élite, 17 en el Madrid, y conquistó 24 títulos de club y 10 medallas con España, todo después de 1.565 partidos. Para él es el Premio Leyenda.

Que le digan «¿qué hay, leyenda?», ¿le suena ahora mejor o peor que cuando jugaba?

Me suena fenomenal, pero también cuando estaba en activo, siempre lo entendí como que he hecho bien las cosas en mi carrera.

Por eso le reconocemos en los Premios AS del Deporte en la categoría de Leyenda.

«De chaval miraba los ases de mi hermano Alfonso y si solo había uno…»

Agradezco todos los reconocimientos, y en especial este. Lo valoro mucho porque viene de un periódico deportivo prestigioso que he seguido a lo largo de mi carrera. Recuerdo, cuando era un chaval, ir al periódico para ver los ases que le habían puesto a mi hermano Alfonso. Si veía tres, estaba muy bien; pero cuando solo había uno, me enfadaba un poco (se ríe).

Lleva unas semanas que vuelve a estar oficialmente vinculado al Real Madrid, ahora como Embajador del club.

Felipe Reyes con Florentino el día que anunció su retirada.


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Felipe Reyes con Florentino el día que anunció su retirada.

Sí, estoy muy contento de seguir aportando cosas al club de mi vida y muy agradecido, sobre todo al presidente por haber pensado en mí y haberme ofrecido este puesto. Me gusta seguir cerca del equipo, he echado mucho de menos a todos en estos cuatro meses en los que no los he visto a diario. Ahora no añoro jugar, lo de tirar a canasta pertenece al pasado, pero si puedo ayudar un poco a los jóvenes y a los lesionados, estaré ahí.

Lleva toda una vida bajo los focos, ¿cómo recuerda sus inicios hace 30 años?

Empecé en la cantera del Estudiantes y a los primeros entrenamientos acudía con muchísimo nerviosismo, era muy vergonzoso e iba con algo de miedo. Todo fue bastante duro al principio, hasta que mejoré un poco y empecé a disfrutar en los partidos, porque siempre he sido muy competitivo. Luego, di el salto a la canasta grande (desde minibasket) y me quedé bajito, lo pasé mal. Los chicos de mi edad se habían desarrollado y me sacaban bastantes centímetros. Estaba en preinfantil (12-13 años) y en infantil fue aún peor. Estuvimos en el Campeonato de España y casi no jugaba, el entrenador no contaba conmigo y al curso siguiente me bajaron al cadete B. Me dijeron que no tenía cualidades para el baloncesto y esas cosas duelen de niño.

«Me dijeron que no tenía cualidades para el baloncesto»

¿Cómo superó aquello?

Me puse a trabajar muchísimo y pegué el estirón. Al año siguiente ya me cogieron para el equipo A y seguí subiendo escalones: primero con la selección madrileña, luego con la española y poco a poco iba alcanzando objetivos.

¿Pensó en dejar el baloncesto en los momentos malos?

Sí, cuando me bajaron al cadete B. Escuchaba muchas cosas que me hacían daño, entre ellas que por ser el hermano de Alfonso me había metido inicialmente en el equipo A, por lo que me planteé dejarlo. Los compañeros o sus padres no te lo decían directamente; sin embargo, al final te acababas enterando. Para mí, de pequeño, ser el hermano de Alfonso fue más un obstáculo que una ayuda; pero decidí seguir luchando por mis sueños.

Cuando se quedó bajito, ¿en qué posición lo ponían?

Siempre de pívot, de cuatro o de cinco, y más tarde jugué de alero en el año del EBA, cuando subía con el primer equipo, para tratar de cambiarme de posición. Los aleros altos estaban de moda, pero yo me sentía mucho más cómodo por dentro. Empezaba por fuera y siempre acababa yendo debajo del aro.

Guerrero en la pista y vergonzoso fuera de ella.

«En las entrevistas lo pasaba fatal, me daba mucha vergüenza, y aún tengo algo de miedo escénico»

Sí, soy una persona en la cancha y otra fuera. Soy tímido, aunque con el tiempo he tratado de coger antes la confianza con la gente, creo que he mejorado. Recuerdo que en las entrevistas lo pasaba fatal, me daba mucha vergüenza y cada vez que veía un micrófono me temblaban las piernas. Con la experiencia se te va pasando y, pese a ello, mantengo algo de miedo escénico cuando me toca hablar delante de mucha gente (se ríe). Lo mío siempre fue la pista, ahí me sentía cómodo y me daba igual que hubiera 5.000 o 20.000 espectadores. En el vestuario me costaba también en las primeras semanas, aunque cuando cogía la confianza acababa siendo el que más chorradas hacía.

En 1999 ganan el Mundial júnior, ¿sintió que se abrían las puertas de la élite?

Después de quedar campeones del mundo júnior por primera vez era normal que los clubes nos quisieran dar una oportunidad. Podíamos aprovecharla o no, pero debíamos tenerla. De talento íbamos sobrados y mentalmente éramos fuertes, quedaba seguir esforzándonos para continuar nuestro desarrollo.

Al ver a Raúl López y Navarro, ¿qué pensaba?

Que técnicamente iban sobradísimos, que lo hicieran bien en sus inicios en la ACB no nos sorprendió a nadie. Nos alegrábamos muchísimo cada vez que debutaba algún compañero de nuestra selección. Nos escribíamos, nos dábamos la enhorabuena, les preguntábamos que qué tal con este jugador y con el otro…

En 2000, con 20 años recién cumplidos, ¿llegó a pensar que iría a los Juegos?

Felipe Reyes y Pau Gasol, lesionado, celebran el oro en el Mundial 2006.


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Felipe Reyes y Pau Gasol, lesionado, celebran el oro en el Mundial 2006.

A Pau Gasol y a mí nos convocaron en Madrid para una comida, había una preselección de jugadores, y Lolo Sainz (el seleccionador) nos dijo que íbamos por el buen camino, que siguiéramos así, aunque ese verano jugaríamos el Europeo de Macedonia con la selección joven y que al año siguiente podríamos estar en la absoluta. Fue difícil, ya iban Navarro y Raúl y quizá todavía no estábamos preparados.

Y al año siguiente…

Fui con Pau al Eurobasket, aunque en el Europeo joven de 2000 ya se vio que él estaba preparado para la absoluta. En unos meses dio un gran cambio y pasó a ser la estrella de la Selección con 21 años recién cumplidos. Yo había hecho una buena temporada, pero tenía muchos jugadores de gran calidad por delante: Pau, mi hermano, Garbajosa, Kornegay… Minutos complicados, aunque lo disfruté muchísimo.

Justo un mes antes del Eurobasket 2001 se había frustrado su primer intento de fichar por el Madrid. Para no gustarle las cuestiones extradeportivas, se montó un buen revuelo.

Pues sí, al final no conseguí irme aquel verano al Madrid porque el Estudiantes igualó la oferta en el derecho de tanteo. Al principio fue un palo duro, pero de nuevo me sirvió para seguir trabajando con el reto de ganarme otra oportunidad más adelante. Desde pequeño se presentan obstáculos y no hay que venirse abajo, sino luchar. Fichar por el Madrid era uno de mis objetivos y acabé consiguiéndolo (tres años después, en 2004).

Entre el fichaje frustrado y el definitivo, su hermano Alfonso se le adelanta y se va al Madrid en 2002. Tiene varios duelos directos con él y con Kaspars Kambala, que le agredió, ¿cómo vivió aquello?

Tampoco le doy mucha importancia, aquello se quedó en la cancha. Estaba preocupado por ayudar a mi equipo y quería que el Madrid no se dejara de fijar en mí. Hubiera estado bien haber coincidido con mi hermano también en el Madrid, pero él acabó su contrato y se fue a Lugo justo cuando yo llegué. Jugamos juntos en el Estudiantes y en la Selección y siempre lo he idolatrado. Si podía pasársela, se la pasaba. Éramos dos pívots interiores, yo tenía más explosividad y era un poco más rápido, y él era aún más interior, percutiendo al poste bajo era muy difícil pararle.

Aterriza en la Casa Blanca en 2004 con 24 años, viéndolo con perspectiva quizá fuera el momento justo, mucho más preparado y hecho como jugador.

Creo que sí, venía de dos años muy buenos en lo individual y de jugar la final de Liga en una temporada increíble en lo colectivo. El Madrid fue a muerte a por mí y llegó a un acuerdo con el Estudiantes. Era el momento perfecto.

Felipe Reyes y Bullock en 2006.


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Felipe Reyes y Bullock en 2006.

Llegar y besar el santo. Celebró con el dorsal 14 aquel final increíble de Vitoria en 2005 con el triple de Herreros y dos temporadas después consiguió la Liga y la Copa ULEB con Joan Plaza; pero luego vivió años bastante duros.

La primera temporada fue muy bonita, aquella Liga, también disputar la final de Copa. Con Boza Maljkovic aprendí bastante, un entrenador muy importante en mi carrera. El segundo año no resultó bueno, pero me ayudó a crecer. En 2007 llegó Plaza con varios jugadores nuevos, algunos españoles, como Raúl y Mumbrú, se creó un bloque y un ambiente increíble. Uno de los mejores años de mi carrera en lo personal y encima ganamos la Liga y la ULEB. Una temporada que se te queda grabada por lo que consigues y por el buen rollo en el vestuario. A partir de ahí vienen tiempos de sequía.

Algunos aficionados se acuerdan de Raúl, Bullock, Mumbrú, Hervelle… y les hubiera gustado que disfrutaran como usted de los éxitos de la era Laso.

Y a mí, formábamos un gran bloque, empezamos muy bien, pero quizá las piezas que se incorporaron luego no lograron rendir al nivel previo. En el Madrid se exige luchar por los títulos y ganar, cuando no se consigue es difícil.

Y aterrizó Messina, que le pedía jugar más por fuera.

No fueron años buenos en lo deportivo, pero aprendí y en su primera temporada me lancé a tirar de tres y eso me ayudó posteriormente.

En 2011 llega Laso. Tenía 31 años y en 7 temporadas en el Madrid solo sumaba tres títulos. Si alguien le dice que iba a jugar otra década y a ganar 20 trofeos más…

«En 2011 llegué a pensar que podía salir del Madrid»

No me lo hubiera creído. Entonces llegué a pensar que mi etapa en el Madrid podía acabarse, porque conozco la exigencia del club y venía de unos años sin conseguir nada. Pero llega Pablo, ganamos la Copa en el Sant Jordi, que nos da mucha confianza, y jugamos la final de Liga. La perdemos, sin embargo, había cambiado la dinámica. Cuando parecía que mi etapa podía acabarse, vuelvo a ser importante. Y, como siempre, por no darme por vencido, por no estancarme.

Con 35 años lo eligen en el mejor quinteto de la Euroliga junto con Spanoulis, Teodosic, Nemanja Bjelica y Marjanovic.

La 2014-15 es la temporada perfecta, lo ganamos todo (Supercopa, Copa, Euroliga, Liga y al inicio de la siguiente, la Intercontinental) y mi actuación es muy buena, el fruto obtenido por perseverar después de años malos. Y además ganamos el Eurobasket en Francia y fui padre por primera vez. Un año irrepetible, aunque 2018 también fue muy bueno con la Euroliga en Belgrado y una gran química en el vestuario.

Felipe Reyes levanta el trofeo de la Euroliga en 2015 en Madrid.


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Felipe Reyes levanta el trofeo de la Euroliga en 2015 en Madrid.

Sabemos que usted tuvo una buena amistad con gente como Mumbrú, Hervelle, el Chacho… Un día le escuché decir que Mirza Begic le dejó huella, ¿qué otros compañeros que en principio la prensa y los aficionados no tenemos en la cabeza le han marcado?

Si menciono solo a unos parece que hago de menos a otros, pero es verdad que Mirza era un buen tío, gracioso y se adaptó rápido. Me encantaba eso, ver a alguien de fuera que hacía por integrarse rápido. Recuerdo también a Charles Smith y Venson Hamilton. Como capitán era muy fácil tratar con ese tipo de personas.

¿Qué se le pasó por la cabeza cuando le dicen: «El Madrid ha fichado a Nocioni»?

El Chapu era otro de esos jugadores increíbles. Solo le conocía de jugar contra él, cuando la rivalidad con los argentinos era grande, y es verdad que pensé: «A ver este…». Pero desde el primer día me di cuenta de que era un gran tipo, y muy gracioso. De esa gente que te marca, como Ayón, por dar otro nombre. Leyendas en la cancha y fuera de ella, personas fantásticas que potencian el buen ambiente.

Otro fichaje, Mirotic al Barça.

Teníamos muy buena relación, lo conocí desde pequeñito y fuimos vecinos, siempre traté de ayudarle. Cuando ficha por el Barça… ya está. El deporte es así, si su decisión era irse al Barcelona, no podía decir nada. Es una persona a la que quiero, lo he visto crecer y le tengo cariño. Las personas están por encima.

Y vio crecer a Doncic, con el que compartió habitación, podrá contarlo dentro de unos años.

Felipe Reyes, con Doncic, Campazzo, Randolph, Causeur, Rudy... en la Décima, en Belgrado 2018.


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Felipe Reyes, con Doncic, Campazzo, Randolph, Causeur, Rudy… en la Décima, en Belgrado 2018.

Lo puedo hacer ya con orgullo. Desde sus primeros entrenamientos lo teníamos claro, era muy bueno. Ese desparpajo y ese talento lo mostró desde el principio. Un jugador que aparece una vez cada no sé cuántos años, si es que aparece. Lo único que podíamos hacer era ayudarle y facilitarle la vida, lo que necesitan los jóvenes, que ya de por sí lo tienen difícil. También hay que tratar, si las cosas van bien, de que no se vengan muy arriba, de que mantengan los pies en el suelo, porque luego lo agradecen.

¿Ve a Llull y a Rudy jugando con 41 años como usted?

Por supuesto, estamos en las mejores manos, con el médico, nuestros fisios y nuestro preparador físico (Juan Trapero). A mí ellos, como me dicen, me alargaron el chicle.

El estilo del Madrid de Laso se mantiene, pero ahora es un equipo más interior y más defensivo, ¿cómo lo ve?

Un equipo muy físico, con jugadores de muchísimo nivel en todas las posiciones, no solo por dentro. Y con la vuelta de Randolph y de Thompkins aún va a ser más potente. Se puede llegar lejos, aunque hay rivales muy fuertes en la Euroliga y en la ACB.

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REPORTAJES

«La mujer puede lograrlo todo; quiero ser un ejemplo»

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Yulimar Rojas (Caracas, 26 años) es la atleta más dominadora del mundo. Vuela en triple salto hasta donde nunca lo hizo antes una mujer. En los Juegos de Tokio llegó su explosión. Oro olímpico y un nuevo récord mundial: 15.67. Borró por 17 centímetros el anterior de Kravets, de 1995. En primera línea vio el salto Ana Peleteiro, bronce. Ambas se abrazaron eufóricas, entrenan juntas en Guadalajara. Protagonizan el ‘Momento Olímpico’ de los Premios AS.

-¿Cómo recuerda esa final olímpica de triple salto en Tokio? ¡Vaya momentazo, oro y récord mundial!

-Pues muy agradable. Siempre viene a la mente. Cuando tengo un tiempito lo veo por televisión y lo recuerdo. La tendré en mi mente para siempre. Fue un momento único. Me enorgullece mucho ser la campeona olímpica. Fue todo perfecto. Con el récord en el último salto, con la vibra de toda mi gente a mi alrededor. Más allá de eso, fue muy importante la preparación con mi entrenador Iván Pedroso, toda la temporada fui muy regular, por encima de los 15 metros… Esta fue la culminación.

-Recibirá el premio AS ‘Momento Olímpico’ por su abrazo con Ana Peleteiro, bronce en aquella final y compañera de entrenamientos en Guadalajara.

-Creo que ambas demostramos al mundo que se puede trabajar en equipo para lograr grandes resultados. Y dejamos el nombre del Team Pedroso en alto. Sabía que Ana podía llegar lejos y conseguir esa medalla, algo que no todo el mundo veía tan claro, pero ella lo mostró con firmeza. El abrazo, el cariño mostrado, fue algo espontáneo. Y luego, las ganas que teníamos para que yo hiciera ese récord creo que era de todos y todas las que estábamos allí. Estoy muy agradecida a AS por este premio, es un medio que siempre apostó firme por mí y ya me dio un galardón en 2018.

Usted afirma que tiene un ‘don’. Le brota el talento.

-Yo siempre supe que nací para hacer deporte y que esta era la plataforma para aprovechar el potencial que tenía en mi vida. Trato de enfocarme mi don en el triple salto, y tengo claro que queda mucho que dar. Hay que seguir cuidándonos y mirar hacia adelante, con todas las ganas del mundo. Todo llega para el que sabe esperar.

-¿Cómo ha sido esa ruta hacia la cima, desde que llegó usted a Guadalajara en 2015 hasta ahora?

-Hay un poco de todo. Hay cosas que te hacen volver a tu camino, momentos buenos y no muy buenos. Me tiene muy contenta sobrepasar esas barreras que se interpusieron en mi vida. Eso te hace madurar y crecer. Sé que todo no van a ser flores y pétalos… Siempre hay ventajas y desventajas, y hay que saber clasificarlas para saber lo que te impulsa hacia adelante. Todo forma parte de un crecimiento y yo soy muy positiva, llena de entusiasmo con las cosas y trato de contagiárselo a la gente de mi alrededor.

«Ana Peleteiro y yo demostramos al mundo cómo se puede trabajar en equipo»

Yulimar Rojas

-Eso dicen en Guadalajara, que llega a la pista de la Fuente de la Niña de Guadalajara con su altavoz, su música, su alegría…

-Yo creo que la clave de todo mi éxito como tal, se basa en la felicidad, en llevar las cosas de buena manera, positivamente. Desde que era pequeña siempre fui una niña risueña y muy contenta. Siempre tuve esa alegría y me gusta que a mi alrededor la gente note esa vibra.

-Y esa alegría la lleva a la pista de atletismo.

-Es algo natural, que me sale solo, en cualquier competición. Da igual que sea un evento pequeño o en la final de los Juegos Olímpicos. Es mi manera de ser, expresiva y que implica a los demás. Los que me conocen saben que soy así, que Yulimar Rojas es la persona más feliz del mundo. Es la forma en la que quiero dejar una huella en el mundo, tratando de ser la misma persona, con mi carácter.


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Yulimar Rojas, antes de un salto en Tokio.

-En todo el camino del que habla, también ha sufrido una transformación a nivel deportivo: de técnica, de velocidad…

-Todo es un proceso. Nada está hecho de la noche a la mañana y más en un deporte como el atletismo, que es de muchos años para madurar. Siento que ha sido el fruto del trabajo de mucha gente que ha empujado detrás de mí, afinando para que haya alcanzado el máximo nivel. Siempre in crescendo. Cada día mejorando, puliendo las fases de cada vuelo, sacar los saltos cada vez más técnicos… Ahora da gusto verme saltar, antes era más complicado, porque mis saltos es cierto que tenían más defectos. Y todavía quedan cosas por pulir, de cara al futuro y ser mejor saltadora.

-Eso le iba a preguntar. ¿Qué piensa de cara el futuro?

-Una vez que batí el récord mundial (15,50 de Inessa Kravets hecho en 1995) con mis 15,67 de Tokio, ahora lo que me quita el sueño son los 16 metros. Es una marca mágica.

-¿Ya están más cerca los 16 que los 15?

-Es la meta que tengo fijada, es una marca bastante grande, pero yo creo que estoy hecha para ello. Es mi gran anhelo. Para mí los 16 metros sería lo más top del deporte, no sólo del atletismo. Decir, ¿puede hacer eso una mujer? La mujer puede lograr todo y yo quiero ser un ejemplo de ello, servir de inspiración. Que mi nombre se inscriba en el libro de la vida y abrir camino a todas las que vengan después en el futuro.


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Rojas hizo el saque de honor en el Camp Nou.

-Este 2021 sólo hizo un concurso de longitud, pero dio la sensación de que puede atacar el récord mundial esta disciplina (7,52, de la soviética Chistiakova en 1988). ¿Es factible?

-Sí. El triple es mi modalidad favorita, pero el salto de longitud me gusta mucho, es especial y sé que me llevo muy bien con él. Este año di un vuelco total, en la final de la liga española con mi equipo, el Barcelona, con un salto de 7,27, con algo de viento a favor también es cierto. Pero se nota una estabilidad en los 7 metros en el salto largo, que es como lo llamamos en Venezuela. No es un evento que entrene como tal, a veces hice alguna sesión con pocos pasos, pero nada especial. Así que el año que viene es importante y creo que puedo mejorar por ese lado. Sé que puedo saltar mucho más.

«La clave de todo mi éxito se basa en la felicidad»

-Se quedó con la espina de hacer triple y longitud en los Juegos, este 2022 hay Mundiales al aire libre en Oregón. ¿Quiere doblar?

-Está en mis pensamientos, es una de mis metas de este año hacer esas dos pruebas en Oregón, es algo que no he hecho nunca en un gran campeonato. Así que vamos a prepararnos para ello a ver qué sucede.

Junto a su entrenador Iván Pedroso.

-¿La veremos en los Mundiales de pista cubierta en Belgrado, en invierno?

-Estoy empezando a entrenar ahorita, veremos cómo evolucionan los entrenamientos y me voy sintiendo.

-Cuando ganó el oro en Tokio, habló del ‘ranchito’ de Anzoategui en Venezuela en el que creció…

-La base de todo es mantener la sencillez y las raíces para saber a dónde vas. Me siento feliz de donde nací y me críe. Y estoy orgullosa de decirle al mundo que viniendo de un sitio de escasos recursos, con pocas facilidades, todo se puede lograr cuando tienes ganas y el empuje de querer lograr tus sueños.

-¿Le ha cambiado mucho la vida el oro olímpico?

-Sí, la verdad es que sí. Ahora veo que muchas más personas me siguen y se identifican más conmigo. Eso es lo que más me llena de la vida, el disfrute del trabajo que has hecho. Hay mucho esfuerzo en lo que hago y es bonito recibir tantísimo cariño por todas partes.

-Una promesa para el futuro.

-Seguir construyendo mi legado, con más medallas, récords y transmitir mi alegría por todo los sitios.


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Peleteiro, Yulimar Rojas y Mamona. El podio olímpico.

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REPORTAJES

«Aspiro a valer para algo más que una carrerita y tres saltos»

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Rafa Payá

Por

Ana Peleteiro (Ribeira, A Coruña, 02/12/1995) transmite verdad, en la distancia corta y volando en los fosos. De un invierno duro pasa a mirar atrás el 2021 y ver un bronce olímpico, una plata europea, dos títulos nacionales y el récord de España (14,87). La mejor saltadora de la historia de nuestro país ha demostrado, a todos y a sí misma, que su máxima de trabajo, trabajo y trabajo, junto a su entrenador Iván Pedroso, es la única vía para alcanzar los éxitos pese al ruido que genera su ‘filosofía de vida’. «Gusto mucho o nada por cómo actúo, vivo o lo que digo», reconocía a AS con la medalla de Tokio colgada del cuello. Verla competir es un espectáculo de sensaciones que exprimen su poderío atlético y le convierten en un ‘animal’ del triple capaz de sacar lo mejor de sí en los momentos más complicados y límites, como el sexto salto del Europeo de Torun o el quinto en Tokio, algo reservado para los grandes elegidos. Ahora el reto son los 15 metros que seguro tiene en sus piernas y que antes ya ha saltado en su cabeza, esa que también ha trabajado duramente.

-¡Cómo cambia todo en unos meses…! De un invierno en el que costaba todo mucho a entrar en el siguiente con un baúl de medallas…

-Acabo supercontenta. Ha sido uno de los mejores años de mi vida que como dices empezó con cambios. Al final cuando quieres llegar más lejos debes salir de tu zona de confort y de lo que estás acostumbrado a hacer. Hacer algo diferente para marcar la diferencia con lo que habías hecho hasta el momento. Yo eso lo tenía claro y no tenía miedo a equivocarme porque confío mucho en Iván (Pedroso, su entrenador). Durante todo el año estuvimos probando cosas nuevas y eso tiene su parte buena y su parte mala porque te cuesta más entrar en acción y encontrarte cómoda con esos cambios, pero cuando te afianzas ‘te puedes poner muy peligrosa’. Me costó arrancar, pero luego salió todo sobre ruedas.


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-Explique cómo de importante es Pedroso en la actual Ana Peleteiro.

-Iván apareció en mi vida hace muchísimos años cuando yo fui campeona del mundo júnior siendo juvenil y en aquel entonces yo no me veía para venir y profesionalizarme tanto aquí en Guadalajara. Cuando volvió a aparecer en 2016 a pesar de que durante esos años entre 2012 y 2016 nos vimos, hablamos y siempre mantuvimos una buena relación, yo estaba entre retirarme o empezar a entrenar con él. No me lo puso fácil porque obviamente llevaba muchos años detrás de mí y recogerme cuando estaba en un estado tan malo físico y mental era un reto para él. Se lo tomó como tal, aceptó y desde entonces empezamos a construir la Ana Peleteiro que soy hoy en día.

-«El éxito individual es un trabajo de equipo y sin el trabajo de todos no sale», me dijo con el bronce olímpico colgado del cuello. Imagino que esa ‘ayuda externa’ ha sido clave para aunarlo con su trabajo, fortaleza mental y talento en el foso.

-Totalmente. Una de las mejores cosas que tengo y por la cual el trabajo está saliendo tan bien es que sé escoger muy bien a mi equipo y a la gente de la que me rodeo. Eso provoca que salgan resultados deportivos, mentales, físicos… muy buenos. Eso concierne a Iván, en lo físico al muy buen equipo de fisioterapeutas y médicos, y en lo psicológico empecé terapia con mi coach Rebeca López. Siempre hablo de ella porque si este año ha habido un cambio que ha provocado que la temporada competitiva haya acabado tan bien fue su irrupción en mi vida. Yo llevaba 2 o 3 años sin ser muy feliz a pesar de que mostrase una cara muy diferente. No acababa de encontrarme y vivía en una crisis de la que me fui dando cuenta poco a poco. No fue para nada fácil, pero si te sabes rodear de gente maravillosa que te quiere ayudar todo sale como debe de salir. Como digo, sé escoger y luego pongo mucho de mi parte en el trabajo que hacemos y eso da sus frutos. Y también quiero resaltar la importancia del papel de mi nutricionista, Roberto, que ha hecho un cambio físico conmigo brutal.

-Además de todos los mencionados está la ‘familia’ de Guadalajara entre los que que está Yulimar Rojas, oro en Tokio y recordwoman mundial de la misma especialidad. ¿Cómo es el día a día con ella?

-Las dos aprendemos cosas la una de la otra. Así lo pensamos y decimos las dos. Yo soy una persona muy competitiva y ella usa también entrenar conmigo para motivarse cada día y tener aún mejores resultados. Al fin y al cabo la vida es eso. Tener referentes y apoyarte en tus compañeros para mejorar. Este año con el maravilloso grupo que hemos formado Fátima (Diame), Héctor (Santos), Tessy (Ebosele), Alexis (Copello), Yulimar (Rojas) y yo estamos mejor que nunca, hay un ambiente brutal y eso se nota muchísimo a la hora de trabajar. La facilidad con la que estamos consiguiendo las cosas, lo bien que está yendo la temporada y lo bien que pinta la preparación para lo que viene por delante. Todo va sobre ruedas.

«Una de las mejores cosas que tengo y por la cual el trabajo está saliendo tan bien es que sé escoger a mi equipo y a la gente de la que me rodea».

-Precisamente con Yulimar protagonizó ese ‘momento olímpico’ que premia AS. ¿Qué recuerdos tiene de ese momento?

-Es curioso porque parece que fue ayer y a la vez parece que fue hace 20 años. Caló mucho en la gente porque fue 100% real. Soy una persona que no me gusta vivir del pasado porque eso lo que hace es estancarte aunque lo recuerdo con muchísimo cariño como un momento increíble, brutal, pero ya estoy pensando en repetirlo en el siguiente campeonato y ojalá se intercambien los lugares (se ríe) y así tenemos un poquito para cada una. Es una vivencia maravillosa que siempre voy a recordar y que enseñaré el día de mañana a mis hijos y a mis nietos si es que los tengo.


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ATHLETICS-OLY-2020-2021-TOKYO

-¿Le hace ilusión el premio de AS?

-Normalmente a los deportistas nos da pereza ir a recoger premios porque te saca de tu rutina y supone un pequeño sacrificio, aunque a mí me gusta, ponerse los tacones y pasar un rato un poco fuera de tu zona de confort, pero he de decir que cuando era más joven recibí muchos premios y no los supe valorar. Por eso a día de hoy recibir me provoca mucha ilusión porque me costó mucho volver a estar en el estatus de que te reconozcan y te consideren merecedora de ser premiada por algo. Bien sea por tus resultados deportivos o los valores que dejas en la pista. Por eso este año está siendo muy gratificante. Los reconocimientos son consecuencia de ese trabajo que llevo haciendo y también un ejemplo de que has podido triunfar, te has podido hundir pero que si te sabes rodear de la gente idónea puedes reflotar el barco. Mi caso es un ejemplo de ello. Cuando me dan un premio no solo por los resultados sino por los valores y el legado que dejo en la pista aún me gusta más y este Premio AS, que reúne ambas cosas, me hace muchísima ilusión.


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-Además de estrella del deporte es un personaje mediático y eso provoca mucho ruido en redes sociales. ¿Cómo lleva las polémicas y a los haters?

-Lo que se ve es la realidad. Me importa muy poco lo que digan de mí, no tengo miedo a la exposición pública ni a expresar mis pensamientos ni mis valores. Eso tienes sus cosas positivas y negativas. Yo prefiero ser una persona real y arriesgarme a ser un poco menos querida a ser una falsa y decir lo que otros quieren oír. Pertenezco a una generación joven que hemos crecido con las redes y eso me ha hecho entender que lo que te diga alguien al otro lado de una pantalla no tiene que importarte absolutamente nada. Te tienes que quedar con lo que te dicen las personas que te quieren y es lo que hago yo. Si alguien al que no conozco ni me conoce y con el que no he hablado nunca se queda con un titular o con un trozo de un vídeo se cree con derecho a juzgarme a mí me da igual. Si lo hace alguien que me conoce bien sí me preocupo e intento cambiarlo, mejorarlo o no volver a repetirlo.

«A mí con 16 años me atropelló el tren, me lanzó y me zapateó. Me llevé el host… de mi vida y ahora estoy disfrutando sabiendo lo que sí, lo que no, lo que puede y lo que tal vez».

-¿Cree que ser deportista de élite debe conllevar una responsabilidad de cara a la gente que le sigue y le admira?

-Los premios, las victorias… están genial. Te da muchísima repercusión, es muy importante y es para lo que yo entreno cada día, pero considero que los deportistas no somos sólo un resultado. Yo quiero hacer algo más con mi vida y no únicamente ser deportista. Cuando esto se acaba todo el mundo se olvida. La medalla la puedes aprovechar de rentas durante unos años, pero el mundo acaba dejándolo en un recuerdo pasado porque llegan otros deportistas, otros campeones… y ya está, te pasan por encima. Por eso creo que es importante dejar unos valores para que la gente te reconozca no sólo por los resultados y aquello que hacías en el foso, en el campo de fútbol, en la pista de tenis, en un circuito… sino por aquellas palabras, por aquellos valores que transmites, por las veces que te has mojado por causas sociales o por lo que has ayudado en lo que cada uno considere que debe hacer. Yo por ejemplo me mojo y hablo sobre cosas que considero que puedo aportar algo, no por cualquier cosa para dar que hablar. Hay que escoger cuándo y en qué entrometerse. Con Alberto (Suárez, su representante) lo estamos haciendo bien aunque he de reconocer que la gran parte de las cosas por las que me mojo no son planeadas. Por ahora voy a seguir haciendo las cosas así porque me llena y me gusta la sensación de que valgo para algo más que hacer una carrerita y dar tres saltos. Aspiro a más que eso.

-Recuerdo que dijo que de todos los mensajes postmedalla en los Juegos el que más ilusión le hizo fue el de sus padres. Esos valores familiares traerán recuerdos de momentos menos dulces…

-Te puedo decir más. El mejor momento del verano fue cuando volví a casa, me abracé a mis padres y vi sus caras. Yo estoy de vuelta. A mí con 16 años me atropelló el tren, me lanzó y me zapateó. Me llevé el host… de mi vida y ahora estoy disfrutando sabiendo lo que sí, lo que no, lo que puede y lo que tal vez. Soy joven, pero la vida me ha hecho aprender mucho muy rápido. Lo pasé muy mal pero a día de hoy puedo decir que tengo mucha experiencia y las cosas clarísimas.


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-¿Cree que vivir esos reveses da ventaja a los deportistas que los han sufrido respecto a los que han llevado un camino más recto por así decirlo?

-Yo creo que los que venimos de recibir un par de sopapos fuertes en lo que podemos ganar un poquito de ventaja respecto al resto es que sabemos lo que cuesta llegar hasta donde estamos y tenemos armas para sobreponernos al éxito y a que te regalen los oídos personas que posiblemente ni se alegren realmente de tus éxitos. Yo lo único que quiero es volver a ganar campeonatos y medallas para seguir aumentando mi legado deportivo. Eso es por lo que yo más o menos me rijo.

-¿Cómo afronta 2022?

«Es un año que me llena de ilusión porque hay muchísimas competiciones importantes y es la primera vez que voy a ir a mitines internacionales y me van a respetar».

-Pienso que será un año increíble porque en 2021 he quitado muchas cosas de mi vida que me van a ayudar incluso a sacar una mejor versión de mí. Tengo muchísimas ganas de demostrar que aunque me vaya muy bien no me voy a acomodar porque la última vez que pasó esto sí que lo hice. Es un año que me llena de ilusión porque hay muchísimas competiciones importantes y es la primera vez que voy a ir a mitines internacionales y me van a respetar. Ahora puedo decir que soy Ana Peleteiro dentro de la pista, antes no sentía que se me tenía ese respeto por parte, por ejemplo, de organizadores de mitines. El grupo que tenemos me motiva un montón, estoy feliz y eso es lo más importante. He renunciado a muchas cosas de trabajo fuera del deporte para dedicarme a esto al 100% y que sea un año productivo pese a ser postJuegos. Lo agarro con muchísimas ganas, ilusión y con ganas de que llegue febrero para que empiecen las competiciones y dar lo mejor de mí.

-La última. ¿Dónde se ve en 10 o 15 años?


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-El mundo de la comunicación me gusta y voy haciendo mis pinitos en él. Me siento viva y me entretiene. Los que están dentro me dicen que no se me da mal así que continuaré con esos pinitos que al fin y al cabo son formarse todo lo posible con aquellas personas que me quieren dar su granito de arena y puedo aprender de ellas. Sí que es cierto que en el futuro me gustaría verme en ese mundo, no sé en qué ámbito ni cómo porque todo dependerá mucho de la madurez y cómo sepa enfocarlo yo. Tengo mis empresas y creo que puedo estar tranquila el día que decida retirarme, pero no quiero quedarme en mi casa porque no me llenaría. Por eso entretenerme de vez en cuando me podría apetecer, pero he decidido que para eso primero quiero seguir cosechando y aumentando mi palmarés. Soy muy joven aún y sé que puedo conseguir muchísimas medallas más. Es mi motor a día de hoy y lo que más feliz me hace. No hay nada que supere esto y esta reflexión la hice hace poco tiempo. Después de los Juegos recibí ofrecimientos de muchísimos trabajos y colocando en un lado cuán feliz soy si las cosas van bien en el atletismo y logro éxitos y cuán feliz soy estando en la televisión o grabando un programa… el deporte va ganando por goleada. Por ahora, éste es mi lugar.

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